Oye mi canto, vuelve conmigo, Río de desesperaciones y deseos. Déjame volver a sumergirme en tus aguas, deja que mi piel se empape de ti una vez más. Permíteme volver a escuchar tu voz, a oír tus risas y tus llantos en las cascadas, no te alejes de nuevo e ilumina mi cielo nocturno con el reflejo de tu espejo. Daría lo intangible por poder dormir otra vez en el lento y calmado fluir de tus mareas, y ansío recuperar la apacibilidad que me inundaba al mismo tiempo que las gotas de agua acariciaban mi cuerpo. Déjame volver a saborear el dulzor de tus arroyos y besar de nuevo tu piel en la superficie de una cascada. Río, suplico que oigas mi llamada, que vuelvas en una tarde lluviosa transformado en el torrente en el que te conocí una vez y me concedas el hundirme una vez más en ti y ver la luna distorsionada por el continuo fluir de tu corriente. Quiero sonreír y que las burbujas de oxígeno acaricien mis labios antes de estallar en tu ir y venir. Río, torrente de mi vida, lago de mis deseos, déjame nadar en tus dulces aguas una vez más... déjame volver a ser tu ninfa.
domingo, 29 de enero de 2012
viernes, 13 de enero de 2012
¿Por qué vives? ¿Por qué mueres? ¿Por qué matas?
Odio. Una palabra tan antigua como el viento, como el mundo, como la vida misma. Odio, la peor ausencia de amor. Odio, el causante de miles y miles de desgracias a lo largo de todos los siglos que lleva el universo dando tumbos.
El odio pareció nacer casi al mismo tiempo que la existencia, desde que se siente el aire en el rostro, se huele la humedad, se saborea el rocío y se oye gemir al viento. Está presente, escondido, al acecho, esperando a que alguien con el corazón vulnerable y la mente débil aparezca para atacar.
La débil pregunta, el llanto desesperado, el susurro titubeante, el "por qué" que se repite en todas las bocas y se hace presente en todas las lágrimas desbordadas por los ojos que contemplan el odio ajeno dirigiéndose hacia ellos cual daga de infortunios, y que, indemne, los mira por encima del hombro y se aleja, despectivo.
Huracán de tormentos, legado de reyes y plebeyos, fotogramas del pasado y del presente, razones ocultas tras las luchas, verja de abismos, llama de los demonios, asesino de la vida y némesis de la luz... ¿Por qué existes? ¿Por qué azotas al destino para cambiarlo a tu antojo? ¿Qué motivo te impulsa a poseer los corazones de los hombres para causar dolor a sus hermanos? Odio, mortífero y letal veneno. Odio, plaga eterna de la Tierra; odio, angustia oculta bajo los pliegues de la traición... ¿Por qué vives? ¿Por qué mueres?... ¿Por qué matas?
El odio pareció nacer casi al mismo tiempo que la existencia, desde que se siente el aire en el rostro, se huele la humedad, se saborea el rocío y se oye gemir al viento. Está presente, escondido, al acecho, esperando a que alguien con el corazón vulnerable y la mente débil aparezca para atacar.
La débil pregunta, el llanto desesperado, el susurro titubeante, el "por qué" que se repite en todas las bocas y se hace presente en todas las lágrimas desbordadas por los ojos que contemplan el odio ajeno dirigiéndose hacia ellos cual daga de infortunios, y que, indemne, los mira por encima del hombro y se aleja, despectivo.
Huracán de tormentos, legado de reyes y plebeyos, fotogramas del pasado y del presente, razones ocultas tras las luchas, verja de abismos, llama de los demonios, asesino de la vida y némesis de la luz... ¿Por qué existes? ¿Por qué azotas al destino para cambiarlo a tu antojo? ¿Qué motivo te impulsa a poseer los corazones de los hombres para causar dolor a sus hermanos? Odio, mortífero y letal veneno. Odio, plaga eterna de la Tierra; odio, angustia oculta bajo los pliegues de la traición... ¿Por qué vives? ¿Por qué mueres?... ¿Por qué matas?
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