domingo, 20 de octubre de 2013

Décimo soneto a Río.

Ayer le vi. Con la llegada del otoño, con el caer de las hojas, con el susurro del viento y el cernirse del invierno le vi. Le vi y, como siempre, el innombrable nudo que solo aparece pensando en él me atenazó la garganta y el corazón, llenándolo de aquel mar de dudas que yo ya creía seco.
Y él me vio a mí. Puede que fuera un delirio de humo etéreo, puede que se viera atrapado en sus pensamientos, igual que hice yo, y su mirada se perdiera en mi dirección, puede que ambas, pero me vio.
Quiero creer que me miró porque realmente sabía que estaba ahí, que sabía que mis sentimientos por él se han marchitado pero no se han convertido en polvo aún, que intuía que conservo la esperanza de algún día poder volver a atreverme a hablarle. 
Irremediablemente del motivo, me miró, y yo le miré a él. La menta que él tanto odia y el chocolate que a mí tanto me gusta volvieron a fundirse en los ojos de cada uno, verde marihuana y castaño se enfrentaron una vez más en un duelo del que yo salí vencedora a duras penas. Duró unos segundos, el tiempo que tarda un pájaro en batir las alas, el tiempo que tarda un corazón en dar un latido, y a pesar de ello, fue suficiente para recordar. Bueno, malo, qué más da, el caso es que recordé. Le recordé a él.