sábado, 14 de abril de 2012

Finalmente, el suelo cedió bajo mis pies.

Durante unos breves instantes, sentí que podía hacer cosas imposibles, sentí que podía ser capaz de cualquier cosa. Sentí que podía saltar hasta tocar las nubes, sentí que podía renunciar a mi dolor para siempre, sentí que podía hundirme en el mar y no ahogarme, sentí que podía prenderle fuego a la lluvia, sentí que podía olvidar...
Eso solo duró unos segundos. Al saltar no me elevo en el cielo, no puedo renunciar a mi dolor, sigue unido a la misma cadena que me ata a ella. Me hundo en el mar, pero me ahogo, y la lluvia no arde de la misma manera que se consume mi corazón. Solo con eso sé que no puedo ni podré olvidar.
Debería dejar de ilusionarme.
Me tiré a un Río sin saber lo profundo que era, ni lo rápida que fluía su corriente. Supongo que si quisiera, en un esfuerzo sobrehumano, podría luchar y alcanzar la orilla, secarme al sol y partir en busca de aguas más tranquilas... si quisiera. No quiero. No quiero renunciar a su fluir impredecible, así me arrastre hasta el fondo y me abandone en el lodo. No quiero renunciar al Río, aunque acabe convirtiéndose en un mar aún más profundo y me lleve a la deriva hasta que muera. Dejaré que me arrastre, porque me enamoré del agua, y no sería capaz de renunciar a ella. Todos los mares necesitan una sirena, ¿no? Que me guíe y me lleve hacia mi destino final.
Lo único que espero, es que la dulzura de sus aguas no se contamine con la sal de mis lágrimas.

Mis manos eran fuertes, pero mis rodillas no lo fueron lo suficiente para mantenerse en tus brazos sin caer a tus pies.

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