viernes, 13 de enero de 2012

¿Por qué vives? ¿Por qué mueres? ¿Por qué matas?

Odio. Una palabra tan antigua como el viento, como el mundo, como la vida misma. Odio, la peor ausencia de amor. Odio, el causante de miles y miles de desgracias a lo largo de todos los siglos que lleva el universo dando tumbos.
El odio pareció nacer casi al mismo tiempo que la existencia, desde que se siente el aire en el rostro, se huele la humedad, se saborea el rocío y se oye gemir al viento. Está presente, escondido, al acecho, esperando a que alguien con el corazón vulnerable y la mente débil aparezca para atacar.
La débil pregunta, el llanto desesperado, el susurro titubeante, el "por qué" que se repite en todas las bocas y se hace presente en todas las lágrimas desbordadas por los ojos que contemplan el odio ajeno dirigiéndose hacia ellos cual daga de infortunios, y que, indemne, los mira por encima del hombro y se aleja, despectivo.
Huracán de tormentos, legado de reyes y plebeyos, fotogramas del pasado y del presente, razones ocultas tras las luchas, verja de abismos, llama de los demonios, asesino de la vida y némesis de la luz... ¿Por qué existes? ¿Por qué azotas al destino para cambiarlo a tu antojo? ¿Qué motivo te impulsa a poseer los corazones de los hombres para causar dolor a sus hermanos? Odio, mortífero y letal veneno. Odio, plaga eterna de la Tierra; odio, angustia oculta bajo los pliegues de la traición... ¿Por qué vives? ¿Por qué mueres?... ¿Por qué matas?

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